11
Mar

Por José Ignacio Torreblanca*, Profesor Asociado del IE School of Arts & Humanities 

Es difícil no ver en esos jóvenes libios que van al frente en sus coches particulares, con una botella de agua en la mano, un fusil de asalto en la otra y nada que se parezca a un uniforme, a aquellos milicianos que vemos en el frente de la Casa de Campo madrileña en las fotos de la Guerra Civil española. La situación se repite: a un lado, un pueblo alzado en pos de su libertad (uso “libertad” adrede, en lugar de “democracia”). Al otro, un ejército bien equipado plagado de mercenarios extranjeros. Unos tienen la legitimidad; los otros, las armas. En medio, una comunidad internacional que duda sobre si tomar partido, cómo y cuándo hacerlo y un Gobierno, el español, que como muchos otros se impone como criterio para una eventual intervención aérea en apoyo de los rebeldes la conformidad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Esta fe española en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es obligatoria en un país democrático y respetuoso con el derecho internacional. No obstante, viniendo de un país que sufrió 40 años de dictadura gracias a la pasividad de la Liga de las Naciones ante una Guerra Civil donde legalidad y legitimidad estaban en un lado y la mera fuerza bruta en el otro, debería ir acompañada, como mínimo, de algún destello de agnosticismo. Tanto la doctrina de no-intervención en la Guerra Civil española como el embargo de armas, que perjudicó especialmente a la República, han pasado a la historia de la infamia.

Ahora, la ONU corre el riesgo de confirmar una vez más su inoperancia a la hora de garantizar la seguridad internacional. La historia no debería repetirse, pero a juzgar por las declaraciones del ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Jiang Yu, las posibilidades de que el Consejo de Seguridad imponga una zona de exclusión aérea a Gadafi no son muy elevadas.

Lavrov ha hecho brillar el cinismo de la diplomacia rusa con luz propia al declarar que “los libios tienen que arreglarse entre ellos”, una doctrina que Rusia por supuesto no se planteó aplicar en el caso de Georgia y Osetia del Sur en el verano de 2008. No obstante, como Moscú tampoco se planteó en ningún momento ir al Consejo de Seguridad para pedir autorización para sus ataques aéreos sobre Georgia, seguidos de una invasión terrestre, ni tampoco aceptó la presencia de la ONU a posteriori, estamos exentos de dar la más mínima credibilidad a sus palabras. Pese a los años transcurridos desde el fin de la guerra fría, la mentalidad de las élites rusas sigue estando regida por el mismo principio: todo lo que perjudica a Estados Unidos me beneficia. Seguir leyendo…

* José Ignacio Torreblanca también ejerce como director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR), es profesor de la UNED y columnista de El País.

Artículo publicado por El País el 11 de marzo de 2011.

Comments

No comments yet.

Leave a Comment

*