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Apr

El declive japonés

Written on April 18, 2011 by Ángeles Figueroa-Alcorta in Asia, Culture & Society, News, Political Economy

Por José Ignacio Torreblanca, Profesor Asociado de IE School of Arts & Humanities.

El terremoto, tsunami y posterior crisis nuclear de Japón representan, a los ojos de muchos, el último clavo en el ataúd de un país sumido en un profundo declive. Detrás de la solidaridad que se expresa estos días con Tokio y de la admiración que despierta la abnegada aceptación del desastre geológico y nuclear por parte de su ciudadanía bulle un sentimiento de conmiseración. Políticamente, el sistema parece anquilosado; económicamente son dos las décadas sin crecimiento, con una deuda pública que no remite y un consumo que no despega; y socialmente, la aparente persistencia de valores como la jerarquía y la disciplina parecen ahogar el individualismo y la creatividad y taponar las vías para la movilidad social (especialmente entre las mujeres).

Todo ello resulta extraño cuando recordamos cómo, en los años ochenta, mucho antes de gritar “¡que viene China!”, estuvimos un buen rato gritando “¡que viene Japón!”. En aquellos años, parecía que el siglo XXI sería japonés. En 1945, el PIB japonés representaba sólo un quinto del estadounidense. Pero en 1990, tras haber crecido durante varias décadas a ritmos que parecían increíbles desde una Europa esclerótica que salía lentamente de la crisis del petróleo, la economía japonesa era la segunda del mundo en tamaño, por detrás de Estados Unidos, representando el 90% de la estadounidense, incluso con una renta per cápita superior a la americana. La frase de moda en el Washington de 1990, una vez derribado el muro de Berlín y reunificada Alemania, reflejaba bien el estado de ánimo con el que se pretendía echar la persiana al siglo XX: “La Segunda Guerra Mundial ha terminado”, se decía: “Japón y Alemania han ganado”.

En Europa, la percepción no era muy distinta, pues el influjo del auge japonés fue tan fuerte que contribuyó a despertar a los europeos del letargo. Las empresas europeas, desbordadas por la competitividad japonesa, se aliaron con la Comisión Europea y presionaron a los Gobiernos para que superaran sus miedos a la competencia. Del miedo a Japón nació el Acta Única Europea, que completaría el mercado único con la extensión de las cuatro libertades de circulación (de bienes, capitales, servicios y personas) el 1 de enero de 1993. Seguir leyendo…

José Ignacio Torreblanca también ejerce como director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR), es profesor de la UNED y columnista de El País.

Artículo publicado por El País el 15 de abril de 2011.

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