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Oct

Por Haizam Amirah Fernández, Profesor Asociado de IE School of Arts and Humanities.

Muammar Gaddafi ya no impondrá su voluntad y caprichos dentro y fuera de Libia, pero su sombra seguirá sobrevolando la vida de los libios durante mucho tiempo. La creación de una sociedad de ciudadanos libres en un país abierto al mundo dependerá de cómo pasen página a 42 años de tiranía.

Las revueltas antiautoritarias iniciadas en Túnez a comienzos de 2011 y extendidas por varios países árabes ya han descabezado a tres regímenes tiránicos. Algo así era inimaginable hace tan sólo un año. A Ben Ali se le permitió huir de Túnez y exiliarse en Arabia Saudí tras pocas semanas de revueltas sociales, cuya represión dejó algunos centenares de muertos y heridos. Mubarak fue depuesto y llevado a juicio tras 18 días de manifestaciones millonarias que recorrieron Egipto y que se saldaron con algunos miles de muertos, heridos y desaparecidos. Gaddafi optó por la resistencia sangrienta que, ocho meses después, ha resultado en decenas de miles de muertos, heridos y damnificados en medio de una destrucción extendida por todo el país. El “decano de los dirigentes árabes” encontró la muerte tras ser localizado por rebeldes libios mientras huía de su último refugio posible en Sirte. Esos tres finales deberían hacer reflexionar a los autócratas árabes que aún siguen en el poder. Parece demostrado que a mayor represión sangrienta del régimen, más dura la respuesta de los opositores y más sonada la caída de quien ostentaba el poder y de su círculo inmediato.

El fin de un tirano
Antes de la caída del régimen de Gaddafi en Trípoli el pasado 22 de agosto, se planteaban los siguientes tres escenarios sobre cómo se podría producir el desenlace tras meses de combates: (1) forzando la retirada de Gaddafi y de sus hijos del poder por medios militares o a través de un “golpe de palacio”; (2) negociando una retirada de los Gaddafi del poder a cambio de mantener cierta capacidad de influencia en el nuevo sistema político; o (3) permitiendo a los Gaddafi una salida segura hacia el exilio.

Entre las distintas fórmulas que iban desde la “continuidad del régimen”, aunque debilitado y con su influencia limitada a ciertos territorios, hasta el “colapso del régimen”, el desenlace de la era Gaddafi contiene algunos aspectos positivos. Muchos hubieran preferido capturarlo con vida y llevarlo a juicio (de hecho, en los vídeos que circulan del momento de su captura se escucha a varios combatientes gritar “dejadlo vivo”, aunque el líder tuvo la “mala suerte” de caer en manos de rebeldes de Misrata, la ciudad martirizada sin piedad por las brigadas de sus hijos). Sin embargo, la muerte de Gaddafi –o su asesinato o ejecución, según determine una investigación independiente– tras su huida de su último bastión y ciudad natal, Sirte, cierra una etapa negra en la historia de Libia, sin que haya posibilidad de vuelta atrás. A falta de que se capture –y, a ser posible, se lleve ante la justicia– al ex heredero oficioso, Saif al-Islam, parece desvanecerse la amenaza de una guerra de guerrillas o de grandes atentados fomentados por los Gaddafi.

Otro de los aspectos positivos es que la desaparición de Gaddafi y de varios de sus vástagos involucrados en la represión y en la corrupción a gran escala, puede permitir que haya una transición más rápida hacia un sistema de gobierno más abierto y legítimo que si los Gaddafi siguieran campando a sus anchas. Por otra parte, las imágenes que se han visto en todo el mundo, en las que el autoproclamado “rey de reyes de África” suplicaba clemencia a los mismos a los que había llamado “ratas” –y cuyas familias, propiedades y vidas había destrozado– después de que lo localizaran escondido en una tubería de desagüe, deben servir de lección para cualquier futuro dirigente del país que tenga la tentación de gobernar recurriendo a los métodos empleados por el “hermano líder de la revolución”. A pesar del alivio que siente la mayoría de la población libia por la muerte de Muammar Gaddafi, no hay constancia de que su liquidación respondiera a una orden de las nuevas autoridades del país. Seguir leyendo…

Haizam Amirah Fernández, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto Elcano.

Artículo publicado por el Real Instituto Elcano el 27 de octubre de 2011.

Comments

Javier October 31, 2011 - 4:03 pm

Esta es una gran noticia que tiranos como Gaddafi o Sadam Husein dejen de presionar a sus pueblos.
Ahora hay que empezar un largo y duro trabajo para instaurar una democracia y con ello que el pueblo Libio goza de unos derechos dignos.

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