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Austeridad y ‘grandeur’

Written on December 9, 2011 by Ángeles Figueroa-Alcorta in Europe, Foreign Policy, Political Economy

El pacto entre Merkel y Sarkozy sirve a los intereses de ambos países

Por José Ignacio Torreblanca, Profesor Asociado de IE School of Arts & Humanities

Por definición, todo acuerdo europeo es un acuerdo incompleto y representa un compromiso entre posiciones aparentemente irreconciliables. No es una crítica, sino una descripción. La experiencia nos enseña que los Gobiernos europeos solo aceptan una mayor integración en momentos de extrema necesidad y que en cada ocasión buscarán ceder el mínimo de soberanía posible para, precisamente, salvaguardar el máximo de autonomía. De ahí que el acuerdo alcanzado este lunes entre Merkel y Sarkozy sea un acuerdo incompleto y a la vez eficiente, al menos en el sentido de que sirve extremadamente bien a los intereses de las dos partes.

El acuerdo respeta las líneas rojas de los Gobiernos francés y alemán. Merkel perseguía dos objetivos fundamentales: primero, imponer de forma efectiva e irreversible la austeridad fiscal a toda la zona euro, lo que solo puede ser logrado mediante un tratado que incluya un mecanismo muy estricto de sanciones a los incumplidores; segundo, evitar a cualquier precio los eurobonos, un rechazo que se explica precisamente porque Alemania está convencida de que estos son contradictorios con el primer objetivo, ya que redistribuirían las culpas (esto es, las deudas, que en alemán es la misma palabra), debilitando las políticas de austeridad y reformas. Si hay eurobonos, ha insinuado Merkel, será después de la crisis, una vez que los Estados hayan reducido y anclado sus deudas hasta niveles que garanticen su irreversibilidad.

Así pues, Merkel se lleva a casa su “unión de austeridad”, plenamente compatible, además, con los límites que le impone su Tribunal Constitucional y la opinión pública alemana. Respecto a Sarkozy, el acuerdo es un delicado ejercicio de funambulismo pensando en su reelección el año que viene. Francia, recordemos, no comparte en absoluto el fundamentalismo alemán en torno a la austeridad, la inflación o el equilibrio presupuestario (de hecho, no ha conocido un superávit fiscal en décadas). En coherencia con su estatismo y dirigismo, los Gobiernos franceses, incluso los conservadores, desconfían de los mercados; de hecho, Sarkozy ha dedicado una gran parte de sus mandatos (sin mucho éxito) a pensar en cómo embridar y someter a los mercados. Ese dirigismo, combinado con la tradición gaullista, que busca preservar el máximo de autonomía para Francia, es el que ha llevado a Sarkozy a decantarse por una reforma de los tratados europeos en la que se acepta a rajatabla la austeridad, el mal menor, pero, a cambio, se mantiene a los Estados al frente del proceso, vía el Consejo Europeo, constituido como Gobierno económico de la zona euro. Una vez más, como viene siendo tradición desde hace décadas, Francia pierde la guerra, pero salva la honra y encima aparece como firmante de la victoria, que es en lo que en última instancia consiste ese arte llamado grandeur inventado por el general de Gaulle. Seguir leyendo…

Artículo publicado por El País el 8 de diciembre de 2011.

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