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Jan

El estado de la Unión

Written on January 25, 2012 by Ángeles Figueroa-Alcorta in Europe, Foreign Policy, Globalization & International Trade, Political Economy

Las soluciones tecnocráticas han reavivado la crítica al déficit democrático de la Unión Europea. Alemania renuncia a ser decisiva y a forzar un salto cualitativo en la integración europea.

Por José Ignacio Torreblanca, Profesor Asociado de IE School of Arts & Humanities

El euro es la clave de bóveda del proyecto europeo. Por esa razón, una crisis que afecte al euro es una crisis existencial. Y por eso también es fácil entender por qué, aunque la Unión Europea haya estado antes en crisis, nunca se había asomado al abismo y sentido tanto vértigo. La crisis de la silla vacía, la época de “euroesclerosis”, el bloqueo de Margaret Thatcher a causa del cheque británico, las divisiones ante la unificación alemana, las turbulencias en torno a la ratificación del Tratado de Maastricht o la rebeldía popular ante la Constitución europea, todos esos momentos agitaron las aguas europeas, pero nunca amenazaron con hacer zozobrar la nave europea. En contraste, la crisis del euro ha recorrido transversalmente y presionado intensamente sobre todas y cada una de las líneas de fuerza subyacentes al proyecto europeo.

La crisis ha agudizado las tensiones entre los viejos y los nuevos miembros, entre el Norte y el Sur, entre protestantes y católicos, entre los miembros de la eurozona y los que están fuera de ella. También ha sometido a tensión las políticas que constituyen el núcleo de la Unión: el mercado interior; la libertad de circulación y la política exterior y de seguridad. En todos esos ámbitos hemos asistido a presiones centrífugas que han debilitado el espíritu común y la capacidad de actuación conjunta.

De la misma manera, las viejas tensiones entre federalistas e intergubernamentalistas, aparentemente enterradas en el Tratado de Lisboa tras una década de debates y negociaciones institucionales, han vuelto a la superficie. Aunque la Comisión Europea ha intentado mantener la iniciativa en sus manos, los Estados no han dudado en apartarla a un lado cuando lo han considerado necesario. Y el Parlamento Europeo, aunque se ha convertido en el foro donde se ha debatido intensamente sobre la crisis, no ha conseguido tampoco forzar ni liderar los consensos necesarios para salir de ella. Al final, la crisis se ha gobernado a trompicones desde una cacofonía compuesta por Berlín, París, las agencias de calificación, los inversores privados y el Banco Central Europeo.

La crisis también ha afectado a los mimbres democráticos con los que se teje la política en los Estados. Las soluciones tecnocráticas han reavivado la crítica al déficit democrático de la UE y al sometimiento de los Estados a la lógica de los mercados. A cambio de la estabilidad, sin embargo, han proporcionado alas a los populistas y a los euroescépticos, siempre prestos a manipular la soberanía popular y los sentimientos de identidad nacional en contra del proyecto europeo. El resultado es que Europa es más ingobernable, tanto en el ámbito de las instituciones europeas como en las nacionales. Read more…

Artículo publicado por El País el 24 de enero de 2012.

Comments

Mario Ferreiro June 5, 2012 - 5:18 pm

Muy buenooo!!!!

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