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Nov

Por Leopoldo Calvo-Sotelo, Profesor de IE University y Director del IE Master in International Relations.

«Hemos ganado la independencia, pero hemos perdido todo lo demás». Esta conocida frase de Bolívar debería hacernos pensar a los españoles: a los cientos de miles que vienen pidiendo la independencia de Cataluña desde el pasado 11 de septiembre y a los que nos oponemos a esa independencia. Si el proyecto independentista saliera adelante, los demás españoles perderíamos Cataluña, con todo lo que aporta a España y a la vida de gran número de nosotros; y los catalanes perderían muchas cosas que ahora tienen y que algunos de ellos no parecen apreciar. Pero antes de hacer el inventario de las pérdidas, parece lógico analizar la petición de independencia y sus fundamentos, tanto los racionales como los emotivos; y ese análisis habrá de realizarse detenidamente, sin desdenes ni impaciencias, porque la cuestión es ahora insoslayable y tenemos por delante varios años de un debate al que hay que acudir con plena preparación dialéctica.

La independencia se pide porque, según dijo el presidente de la Generalitat, Cataluña necesita «estructuras de Estado». Ahora bien, ¿no las tiene ya? Hagamos la enumeración: gobierno, parlamento, órgano de garantías constitucionales, defensor del pueblo, representaciones en el extranjero; policía, instituciones penitenciarias, régimen local propio, sistema educativo configurado con plena libertad. Además, la policía catalana viste uniforme único en España, lo que no ocurre en Alemania, donde ciertamente cada «land» tiene su policía, pero el uniforme es el mismo para todas. Hasta código civil tiene Cataluña, el viejo privilegio de las naciones europeas. Ningún «land» alemán, ningún cantón suizo tiene código civil: hace largo tiempo que renunciaron a su antiguo derecho privado para permitir la aprobación de códigos civiles nacionales. Cabría argumentar: Cataluña no tiene fuerzas armadas y su hacienda dista mucho de ser soberana. Pero Artur Mas ha dicho que la Cataluña independiente no necesita ejército y que la obtención del pacto fiscal no supondría la renuncia al proyecto independentista.

No bastan, pues, los argumentos puramente racionales para sustentar la reclamación de la independencia, que solo se entiende yendo a las emociones. Ya dijo Cambó, al final de su larga carrera política, que «Cataluña, contra lo que muchos creen, es un pueblo casi morbosamente sentimental». Esta es la tendencia que aparece en la afirmación del presidente Mas de que la independencia es necesaria porque hay una «fatiga mutua» entre Cataluña y España. Las encuestas no respaldan esa tesis. Pero hay algo más importante: la historia reciente de las relaciones entre Cataluña y el resto de España no ha consistido en un continuo forcejeo que haya generado hastío por ambas partes, sino más bien en una situación de vacío y de parálisis. La buena relación entre Cataluña y España requiere dos cosas: que en nuestra clase política nacional, tanto en el gobierno como en la oposición, haya figuras que sepan hablarle a Cataluña con la altura, la sensibilidad y el respeto que requiere un socio tan importante en todas las empresas españolas contemporáneas; y que de Cataluña venga un flujo continuo de ideas e iniciativas para la mejora del conjunto de España. Seguir leyendo…

Artículo publicado por ABC el 20 de noviembre de 2012.

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