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Jul

Deniz Torcu es economista y máster en Estudios de la UE y en Relaciones internacionales
19.07.2016

El intento de golpe de Estado en la noche del viernes 15 de julio ha sido una sorpresa tanto para Turquía como para la comunidad internacional. A pesar de haber sobrevivido a una historia llena con golpes de Estado en el siglo pasado, nadie preveía un nuevo –y débil– intento de tomar el poder en este siglo. Una fracción del ejército turco supuestamente vinculada a Fettulah Gülen, el clérigo islámico que reside en Pensilvania desde hace décadas en un exilio autoimpuesto, trató de tomar el control del Estado de una manera bastante torpe, apenas cerrando puentes y enviando tanques a los principales aeropuertos, mientras que el objetivo principal, Recep Tayyip Erdogan, era capaz de detener tranquilamente sus vacaciones en la costa del Sur para conectar con los medios de comunicación a través de su teléfono móvil.

Nada más aterrizar con total seguridad en el aeropuerto Ataturk de Estambul, Erdogan pidió a la gente salir a las calles. Su llamada fue seguida de inmediato por miles de seguidores y tuvo el eco de numerosas mezquitas que comenzaron a llamar a la oración, para apoyar al Gobierno y luchar contra los rebeldes del Ejército. Y con las primeras luces del sábado 16, Erdogan anunció que “el Presidente y el Gobierno democráticamente elegidos están a cargo de la situación y todo terminará bien”. Al cabo de pocas horas, grandes fracciones rebeldes del ejército comenzaron a entregarse a una policía que en todo momento se mantuvo leal a Erdogan. Read more…

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