Archive for the ‘Africa’ Category

27
Jan

Haizam Amirah-Fernández es Profesor Asociado del IE School of Arts & Humanities

Las revueltas populares en Túnez han expulsado del poder al presidente Ben Ali. Se abre una nueva etapa llena de incertidumbre para la población tunecina. Muchos árabes ven lo ocurrido con esperanza; sus dirigentes, en cambio, con inquietud y recelo.

Al término de 2010, muy pocos habrían augurado que el primer dirigente totalitario árabe en perder su “trono” sería el presidente tunecino Zine el Abidin Ben Ali. Tan sólo dos semanas más tarde, se produjo algo hasta entonces insólito en un país árabe. La movilización espontánea de la población tunecina contra el que fue su todopoderoso presidente durante 23 años logró descabezar el régimen. Ben Ali huyó de Túnez el 14 de enero, incapaz de imponer su ley y orden a una población cuya paciencia ante el autoritarismo y la corrupción había llegado a su fin. Un incidente que podía haber pasado desapercibido, como fue el acto de desesperación extrema de un joven sin horizontes, Mohamed Buazizi, quien se quemó a la bonzo tras ser humillado por enésima vez por agentes del poder el 17 de diciembre de 2010 en Sidi Buzid, fue la chispa que hizo prender el profundo descontento popular.

Las revueltas vividas en Túnez han tenido varias particularidades. Se trata de la primera ocasión en la que una población árabe se deshace de su gobernante sin la mediación de uno de los tres ingredientes “tradicionales”: un golpe de Estado militar, la injerencia extranjera o el extremismo religioso. La rebelión social se inició en pequeñas poblaciones del interior pero rápidamente se propagó por todo el país. Ni los políticos ni los intelectuales estuvieron en el origen de las multitudinarias manifestaciones en las que se mezclaron tunecinos de toda condición y edad. Las manifestaciones no se guiaron por una ideología islamista, ni marxista, ni siquiera nacionalista. Sin embargo, las demandas eran coincidentes: acabar con el régimen cleptocrático de Ben Ali, crear igualdad de oportunidades y empleo, garantizar los derechos de los ciudadanos y hacer respetar sus libertades.

Este análisis pretende hacer una primera lectura de las implicaciones que la caída de Ben Ali puede tener a tres niveles: dentro de Túnez, en el mundo árabe y a nivel internacional.

De la frustración a la esperanza, pasando por Facebook y Twitter
Ben Ali parecía dominar la escena política tunecina. Para ello contaba con dos factores clave que le habían funcionado durante más de dos décadas: un Estado policial que ejercía un férreo control sobre la población y el apoyo incondicional y acrítico de los países occidentales. Es cierto que algunos indicadores de desarrollo humano, como la educación y renta per cápita, eran algo mejores en Túnez que en otros países vecinos (aún así, quedaban bastante por debajo del potencial que tiene esa sociedad) y que contaba con más clase media que otros países árabes. No obstante, las causas que empujaron a los tunecinos a levantarse contra Ben Ali están presentes, de una forma u otra, en los demás países árabes.

Las protestas en Túnez no se han debido sólo a motivos económicos como el desempleo y el subempleo (en la realidad bastante superiores a las tasas oficiales), o el aumento incesante de los precios de los productos básicos, con el consiguiente empobrecimiento de la población, que llega a hacerse insoportable. En el fondo de las protestas está el malestar por una corrupción extendida y poco disimulada, por una clase gobernante depredadora de la riqueza nacional, por la ausencia de justicia social y por la falta de garantías para hacer respetar las libertades individuales y los derechos humanos. Sin tener esto en cuenta, no se puede entender que pocas semanas de revueltas populares fueran suficientes para acabar con la forma de gobernar de Ben Ali y enviarlo al exilio en Arabia Saudí.

Al igual que otras sociedades árabes, la tunecina estaba sumida en una “crisis de falta de expectativas”. El 60% de las poblaciones de la región tiene menos de 25 años y su esperanza de vida actual es probablemente la más alta de toda la Historia de los árabes (en el Magreb ronda los 75 años). Sin embargo, sus expectativas de vivir sin miedo al poder y con oportunidades para prosperar son diminutas. No debería sorprender, pues ése es el resultado de ejercer el poder sin controles ni contrapesos por parte de regímenes cuya razón de ser es perpetuarse a cualquier precio. Ostentar el poder absoluto durante mucho tiempo produce una ceguera entre los líderes autoritarios que les impide ver algo elemental: que la presión creciente acaba produciendo el estallido. Seguir leyendo…

Artículo publicado por el Real Instituto Elcano el 25 de enero de 2011.

17
Jan

Haizam Amirah-Fernández es Profesor Asociado del IE School of Arts & Humanities

Ben Ali creía liderar un régimen fuerte sostenido sobre dos patas: un férreo control interno de la población y un acrítico apoyo externo a sus políticas. Esta fórmula le funcionó durante 23 años, como a otros tantos autócratas árabes. Pero el viernes pasado, mientras Ben Ali huía indignamente del país al que había convertido en feudo familiar, se producía una fuerte sacudida cuyos efectos se prolongarán en el tiempo. Se caía el mito de que un régimen autoritario árabe nunca se vería descabezado por protestas callejeras espontáneas.

 El depuesto presidente tunecino debió pensar que su pueblo permanecería pasivo, atemorizado o anestesiado para siempre, pero la arrogancia que produce ostentar el poder absoluto durante mucho tiempo le impidió ver algo elemental: que la presión creciente acaba produciendo el estallido. Esa ceguera le hizo actuar como sólo un dictador acorralado por su pueblo sabe: acelerando su fin.

 En Túnez, la gota que colmó el vaso fue la identificación con un joven desesperado y humillado por los agentes del poder que murió tras quemarse a lo bonzo en señal de protesta. En lugar de ser repudiado por unas sociedades árabes y musulmanas donde el suicidio está mal visto, Mohamed Bouazizi se ha convertido en un símbolo cuya muestra de impotencia extrema inspirará a otros.

 Mientras tanto, los otros ben alis observan la situación tunecina con nerviosismo y cautela. Saben que sus poblaciones contienen las semillas del profundo malestar que ha enviado al cleptócrata de Túnez al exilio. Lo saben porque sus propios regímenes las han plantado durante décadas en unas poblaciones donde el 60% tiene menos de 25 años y cuyas expectativas de vivir sin miedo y con oportunidades para prosperar son diminutas. Ése es el resultado de ejercer el poder sin controles ni contrapesos por parte de regímenes cuya razón de ser es perpetuarse en el poder a cualquier precio. Seguir Leyendo…

Artículo publicado el 17 de enero de 2011 en la edición impresa de El Mundo.

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“Estómagos contra <<ben alis>>” por Haizam Amirah Fernández

11
Jan

The Referendum Hangover 

By Maggie Fick

January 9 may well have been the happiest and most hopeful day Southern Sudan has seen in half a century. But there is a danger in celebrating too soon.

Euphoria permeated the atmosphere in the Southern Sudanese capital on Sunday, and for good reason. For a people who have fought and endured decades of conflict, all for the remote prospect of finding independence at the end, this week is for celebrating. A new state in the south seemed finally within reach when voting began in a weeklong referendum on whether to secede from greater Sudan.

Nearly 4 million Southern Sudanese are expected to cast ballots in what the region’s leaders are dubbing their “Final Walk to Freedom.” Popular sentiment almost unanimously favors secession, and it was impossible not to notice the unbridled joy of many of the voters at a number of polling stations I visited in Juba on Sunday. At one station under a mango tree in a dusty open field, a middle-aged woman dropped her ballot in the plastic box, dipped her finger in blue ink, and proceeded to literally skip out of the station, ululating as she went.

 That the voting is happening at all is incredible. Despite tough odds and scores of doomsday analyses that warned it could be delayed, marred by violence, or stopped altogether (mea culpa: I am among those who had such fears), polls opened on time in 10 southern states, in northern Sudan where many southerners have resided since the war, and in eight countries worldwide that host a Sudanese diaspora.

Still, there is a danger in celebrating too early. Voters may call for an independent Southern Sudan as they cast their ballots this week, but the means by which the new country would split off is still subject to difficult negotiations and thorny details. There is no agreement over a border, citizenship, the sharing of natural resources, and one contentious border region called Abyei. So while its people are celebrating, Southern Sudan’s leaders are eager to get back to the negotiating table with Khartoum, where a long agenda awaits after the voting finishes. If international attention wanes after the votes are cast, those negotiations could easily take a turn for the worse. Read more…

As published in www.foreignpolicy.com on January 10, 2011

7
Jan

Will Sudan split set an African precedent? 

On Sunday the people of Southern Sudan will vote on whether to become an independent nation. There is every indication they will vote in favour of cutting their links with Khartoum and become Africa’s 54th state. BBC Africa analyst Martin Plaut considers whether this will increase demands from other African regions for independence. 

Almost four million people have registered to take part in Sunday's referendum on whether Sudan should split in two, with many backing a yes vote

The slogan adopted by the Africa Union – the body representing the continent – is simple: Africa must unite. 

In the 1960s the leaders who brought Africa to independence were faced with a terrible dilemma. Most of the borders they had inherited had been drawn by the European powers who divided the continent in the 1880s, during what was known as the “scramble for Africa”. They cut through ethnic groups, dividing peoples and even families. The countries threw together men and women who had differences of language and religion. Yet Africa’s leaders decided to accept these frontiers: Unpicking them would have set every new country against the other. The independence borders were treated as sacrosanct. 

‘Increased paranoia’  

So does the referendum in Sudan mark the end of this principle? Southern Sudan would not be the first new post-independence country to be recognised in Africa. Eritrea broke away from Ethiopia in 1993. But the Eritreans could argue that they had been an independent state under the Italians and that Emperor Haile Selassie had violated a United Nations resolution when the territory was annexed as just another Ethiopian province in 1962. 

So, it is said, Eritrea does not break the African injunction on new states. But a string of territories might argue that they have a case for secession. These include Somaliland, which was independent from Somalia for just three days in the 1960s. There are movements fighting for greater autonomy in the Casamance region of Senegal, the Cabinda region of Angola or parts of the Democratic Republic of Congo, such as Katanga. And one should not forget the Libyan leader, Muammar Gadaffi’s call for Nigeria to be divided. There is also deep concern in Khartoum that the independence of the south could lead to a disintegration of the country, with some in Darfur also demanding independence. 

The emergence of Southern Sudan is likely to increase the paranoia of African leaders, says Knox Chitiyo, head of the Africa programme at the Royal United Service Institute. Read more…

As published in www.bbc.co.uk on January 7, 2011

Want to learn more about this topic? Take a look at Foreign Policy’s Photo Essay The World’s Newest Capital?

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