Archive for the ‘Topics’ Category

5
Sep

Kuwait, a small country in the Persian Gulf, holds the sixth spot on the global GDP per capita ranking, with an average per capita income of over US$ 69,000 in 2015, adjusted at the purchasing power parity. At the same time, it ranked only 34th in the World Economic Forum’s 2015-2016 Global Competitiveness Index (GCI).

New Zealand, another relatively small country both in size and population, has a per capita wealth which is roughly only half that of Kuwait — a little over US$ 34,000 at the purchasing power parity, 35th place in the world. Nonetheless, New Zealand scored visibly higher in competitiveness, ranking 16th in the GCI.

Clearly, the two economies and their structures are not directly comparable. Kuwait’s heavy dependence on natural resource revenues (over 90 per cent of exports) provide for such a lush per capita value, while New Zealand’s GDP is stimulated primarily by services that dominate the local economy, at over 69 per cent. Competitiveness, both as a notion and an index, arguably transcends countries’ idiosyncrasies in relation to their economies’ compositions. Competitiveness is ultimately reliant on a set of universal and comparable parameters. Therefore, a logical question arises: why does this mismatch and others of similar nature happen?

Our tradition of measuring and understanding development and related components such as competitiveness has been dominated by the economic agenda. Conventionally, GDP and its derivatives have been employed to describe and substantiate changes in development. Often, they have revealed clear and important trends that can be useful when approaching policy implementation. For example, the World Economic Forum highlights that GDP per capita is highly correlated with GCI in large cross-county comparison.

Our own analysis has confirmed that GDP explains 69 per cent of the variation in GCI scores across 146 countries when both indexes are taken as averages for three years from 2014 to 2016 and an exponential model is used. At the same time, however, and exemplified by the above comparison between New Zealand and Kuwait, GDP per capita might not necessarily capture the full complexity of the nature of competitiveness at the macro level. Read more…

Published on Sept. 1st in https://www.weforum.org
Mark Esposito

Fellow, Judge Business School, University of Cambridge

Artem Altukhov, MIR Alumnus 2017

Alejandro Pereda Shulguin, MIR Alumnus 2017

30
Aug

The peaceful co-existence of Muslims, Christians and Jews in Spain might be more harmonious right now than at any other time in its history. That could be, in fact, what Daesh is targeting.

The attacks in Barcelona on August 17, 2017, conducted by terrorists pledging their allegiance to Daesh, demonstrate that despite the loss of the Islamic State’s spiritual capital Mosul over the summer, its ideology still inspires violence.

The attacks also fit a wider pattern this summer of urban terrorism having returned to Europe this summer and over the last one year. However, unlike the attacks in the UK earlier this summer, the attacks in Spain have invariably evoked the nation’s Islamic history by the media, analysts, and terrorist themselves.

Whether it was the 2004 bombing of commuter trains in Madrid or these vehicular attacks in Spain’s Catalonia region in 2017, the terrorists legitimize their violence by invoking the eight centuries of Muslim rule in the Iberian peninsula from 711 to 1492.

The symbolism of catalonia’s Islamic history

When reading about the vehicular attack on Barcelona’s pedestrian boulevard, Las Ramblas, I could not help but to analyze how a Spanish-Muslim terrorist was attacking part of Spain’s Muslim past. Barcelona was never under Muslim rule, although it was sacked by Muslim general al-Mansur in 985. Nonetheless, its most iconic thoroughfare, Las Ramblas comes from the Arabic word “raml” for “sand.” Las Ramblas was a wadi, a dry river bed. Read more…

Written on Aug. 30th, 2017 by Ibrahim-Al Marashi in http://www.trtworld.com
Ibrahim al-Marashi is an associate professor at the Department of History, California State University, San Marcos. He is the co-author of The Modern History of Iraq, 4th edition.

25
Apr

Gana la libertad. Gana Europa.

Francia se aleja del caos. Europa respira. Gana Macron en la primera vuelta.

La victoria de Emmanuel Macron en esta primera vuelta ha supuesto un enorme alivio para todos los demócratas. Francia estaba en entredicho y no podía permitirse el lujo de navegar en las procelosas aguas del populismo que no llevan más que al caos, a la pérdida de libertades y en definitiva, a la pérdida de la tan venerada democracia, por la que tantos murieron en el pasado. Los valores de Francia, Libertad, Igualdad y Fraternidad en manos del populismo extremista son como una cabaña de paja en medio de un huracán. No habrían sobrevivido. Hoy todos podemos respirar tranquilos, porque el candidato ganador, que será con toda probabilidad el próximo presidente de Francia, -un independiente por primer vez en más de cuarenta años- es, a pesar de todo, un candidato del “sistema”, con el que los franceses podrán estar tranquilos. Renovación pero sin sobresaltos. El segundo puesto de Marine Le Pen, y los comentarios de los otros candidatos sobre hacia donde deberían ir sus votos en la segunda vuelta aparentemente dan un cierto margen de seguridad a Macron, que si los pronósticos siguen siendo válidos será el próximo presidente de Francia. Las ultimas encuestas dan un 62% de votos en segunda vuelta para Macron.

El panorama hace unos días no podía ser mas desalentador. Los sondeos pronosticaban que el FN (el Frente Nacional de Marie Le Pen) y la France Insoumise (el partido de JM Melenchon, un radical izquierdista del estilo de Podemos) tenían posibilidades de gobernar en Francia. De los otros tres candidatos del sistema, uno de ellos, el del PS (Partido Socialista), Benoit Hamon decidió suicidarse con una política social y económica casi idéntica a la de Melenchon, lo que en cierto modo le apartaba del “sistema”, y los otros dos, Francois Fillon (Les Republicains) y Emmanuel Macron (En Marche), han optado por superar sus problemas electorales derivados en el caso del primero de las acusaciones de corrupción y en el del segundo, a la postre el ganador, de su falta de experiencia y partido, e incluso de sus orientaciones sexuales, algo que en país moderno y libre como Francia se ha visto que no tiene el menor impacto. Sin duda unas elecciones reñidas que pasarán a la historia de este país como unas de las más decisivas por lo que estaba en juego en esos días, que verdaderamente era mucho más que la presidencia francesa.

El mundo no atraviesa su mejor momento, con el Brexit y Trump como claros exponentes de lo que suponen los populismos. La democracia ha sido capaz de dirigir el destino del mundo occidental de manera razonablemente óptima desde la segunda gran guerra hasta la crisis de 2007. A partir de ese momento, el llamado pueblo y las élites gobernantes decidieron caminar por senderos divergentes y se empezó a consumar una desviación que no ha parado, y que ha sido caldo de cultivo para todo tipo de grupos de diversa ideología cuyo único nexo común es verdaderamente la negación del modelo actual.

Francia es uno de los países de todo el mundo con mejor nivel de vida. El Estado de Bienestar francés ha llegado a cotas elevadas. La seguridad es razonable (el número de muertos por violencia es muy inferior al de EEUU), y aparentemente no debería haber razón para tanto descontento. Pero sin duda sabemos que lo hay. Y el problema principal de estas elecciones ha radicado ahí. Por un lado, una parte de la población siente como extraños no sólo a los inmigrantes (cosa bastante común en la mayoría de sociedades) sino que siente como extraños a los hijos y nietos de los inmigrantes. Y eso genera un malestar perpetuo que no tiene otra solución que el psiquiatra. Por otro lado, esos inmigrantes de segunda o incluso tercera generación , que no tienen otro país que Francia, que no tienen más que una muy lejana cultura de origen, también se sienten incómodos ante esa Francia que de manera minoritaria pero evidente les rechaza y les hace sentir como extraños en su propio país.

Y luego está Europa, a quien muchos culpan de los males interiores sin darse cuenta jamás de las bondades que trajo a su sistema de valores, a su fortaleza como nación y a su convivencia. El sueño europeo está a salvo.

Dicho todo esto, lo cierto es que al final los franceses han optado por el rigor, la prudencia, y la coherencia con el modelo heredado. Francia ha elegido su mejor opción, la que le permitirá hacer las reformas necesarias dentro de la estabilidad, renovarse desde dentro, sin fuegos de artificio o experimentos, que visto lo visto, en política siempre llevan a desastres cuya magnitud es en principio desconocida, pero se intuye muy peligrosa. Macron esta cerca de la victoria, muy cerca, pero aún tiene que ganar. El 7 de mayo será decisivo.

Waya Quiviger

Directora Ejecutiva, Master en Relaciones Internacionales

IE School of International Relations

 

Publicado el 24 de abril en Expansión

24
Apr

Francia ha sido golpeada de nuevo por un ataque terrorista. Esta vez en el centro de París y a pocos días de la primera ronda de las elecciones presidenciales. Al margen de las graves consecuencias inmediatas, como la pérdida de vidas o los daños materiales producidos por el propio ataque, lo realmente preocupante es la posible reacción colectiva a estos incidentes. Solo a través de la manipulación del comportamiento colectivo pueden los terroristas infligir verdadero daño en nuestras sociedades. Si el ataque del jueves, o cualquier otro incidente análogo, facilitara la victoria de Marine Le Pen en las elecciones francesas, el daño producido a Francia y a la Unión Europea sería infinitamente superior al que IS, Al Qaeda o la totalidad de organizaciones terroristas podrían infligir de forma directa sobre Occidente.

Empecemos en todo caso por el principio. El telón de fondo es el siguiente: vivimos hoy en las sociedades más pacíficas y seguras de la Historia. El trabajo de Steven Pinker de la Universidad de Harvard demuestra que nunca había sido la violencia física tan improbable en los colectivos humanos. Esto es cierto a nivel global y en términos de muertos en conflicto armado inter-estatal, como a nivel nacional y en términos de criminalidad común. El fenómeno terrorista no ha cambiado la tendencia general. Sabemos, por ejemplo, que en EEUU es mucho más probable morir por las lesiones producidas en una caída grave en la bañera que en un atentado terrorista.

Sabemos también que los grupos terroristas rara vez logran sus objetivos políticos; ya sean estos reformas legislativas concretas o transformaciones más profundas del status quo político. Las cifras del Profesor Max Abrahms de la Universidad Northeastern son contundentes: de 28 grupos terroristas analizados en su ensayo “Why Terrorism Does Not Work” tan solo el 7% logra alguno de sus objetivos políticos. De hecho, los que menos éxito tienen son aquellos que optan por atentar contra civiles en vez de contra las fuerzas de seguridad. El público general percibe esa táctica como amoral y criminal, y no como la actuación de un movimiento revolucionario merecedor de apoyo. Por lo tanto, el terrorismo y, en particular el terrorismo islámico, no logrará una victoria convencional directa, sino tan solo de forma indirecta a través de la reacción a sus actos. No busca convencer sino debilitar a través de la sobrerreacción de las víctimas.

Por lo tanto, si sabemos que vivimos en sociedades eminentemente seguras y que la táctica terrorista es eficaz en tanto en cuanto produce miedo, es evidente que nuestro único enemigo somos nosotros mismos. Debemos desarrollar estrategias específicas para contener los efectos de ataques terroristas al igual que lo hacemos en relación a otras muchas amenazas. Esa estrategia pasa por acotar la descripción de terrorismo de forma estricta para no caer en el error de entender toda manifestación de inseguridad como un hecho terrorista, informar al público de la escala real del problema, calibrar correctamente la reacción de las fuerzas de seguridad así como acordar con los medios de comunicación estrategias de comunicación que permitan revelar los hechos sin producir pánico. En esencia la clave será el acotar la onda expansiva de estos acontecimientos que es donde realmente radica el potencial de daño.

La peor reacción posible es la que hemos observado por parte de la Administración Trump en EEUU. Donald Trump ha elevado el nivel de alerta sobre el terrorismo islámico posicionándolo en el centro de su estrategia de seguridad nacional y aprobando medidas legislativas, como por ejemplo la orden ejecutiva que prohíbe la concesión de visados de entrada en EEUU a siete países de mayoría musulmana, que afectan a millones de personas de forma innecesaria. En Francia la reacción más perjudicial sería un aumento de apoyo a Marine Le Pen y al Frente Nacional. Una victoria de Le Pen pondría en peligro la pertenencia de Francia al Euro, a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica. De producirse semejante reacción el terrorismo islámico habría logrado que los europeos nos infligiésemos uno de las mayores daños posibles en un momento de gran debilidad e incertidumbre.

22 de abril de 2017, el.mundo.com

5
Apr

The Silence of Rex Tillerson

Written on April 5, 2017 by Waya Quiviger in Americas, Foreign Policy

One would not expect the secretary of defense routinely to inspect the sentries and walk point on patrols, but, in effect, that is what the secretary of state has to do. He is the chief executive of a department numbering in the tens of thousands, and a budget in the tens of billions; but he is also the country’s chief diplomat, charged with conducting negotiations and doing much of the detailed work of American foreign policy. Americans expect him as well to serve as the president’s senior constitutionally accountable adviser on such matters, and as the expositor of an administration’s foreign policy.

It is not unprecedented for a president to install a business executive as secretary of state. After all, George Shultz, one of the outstanding 20th-century occupants of that office, came to Foggy Bottom from Bechtel. But then again, Shultz had a rich array of experiences under his belt in addition to a successful business career—he had taught economics at MIT and the University of Chicago, and served as both secretary of labor and the first director of the Office of Management and Budget.

Tillerson resembles Shultz in what is, by all accounts, sterling character—honest, considerate, soft-spoken, but effective at managing a large business. There is no reason to doubt his integrity or good judgment. But in his first few months as secretary of state his performance suggests both his limits (which he may transcend) and more fundamental proclivities of the Trump administration (which he almost certainly cannot).

During his short tenure the following has happened: His top pick for deputy secretary of state was shot down at the last minute in a bit of palace intrigue; his boss has proposed slashing his department’s budget by 29 percent; his press operation at the State Department went dark for several weeks, after which the interim spokesman made a (good) statement in support of Russian demonstrators and was promptly moved; he decided to get rid of the usual press entourage on his inaugural overseas trip to Asia; he nearly skipped a meeting of NATO foreign ministers, pulling back in the nick of time to spend only a few hours on the ground in Brussels; he has been preceded on a visit to Iraq by the princeling of the Trump administration, Jared Kushner, whose remit includes China and Middle East peace, among other things. And on the great issues of American foreign policy—nothing. Read more…

Published on April 4 by Eliot Cohen in the atlantic.com

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